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Dead note, la lista de muerte del banilejo

Valentín Medrano Peña

Por: Valentín Medrano Peña.

Corría justo al límite legal para transitar en auto vías en el país. Había terminado una audiencia que se extendió demasiado en el seno del sector de Ciudad Nueva en el que se sembró otrora el palacio de justicia de la capital dominicana.

El tránsito no estuvo muy difícil para abandonar el gran Santo Domingo, y al dejar atrás el peaje que da la bienvenida a San Cristóbal, me llamó nueva vez la atención la gran cantidad de letreros que anunciaban candidaturas electorales. “Las elecciones suelen ser un antro de contaminación visual”, fue un pensamiento fugaz que abandoné raudamente para cambiar la emisora en la radio del vehículo. Necesitaba escuchar hablar, los talk shows dominaban la atención radial en esos días y a mí me permitían recabar informaciones del entorno del que estaba relativamente aislado por el enclaustramiento que representa el ejercicio de la abogacía. Horas en tribunales, horas en visitas carcelarias, horas de reuniones, preparación de escritos, apelaciones, casaciones, solicitudes y el poco tiempo para la familia.

Necesitaba oír voces humanas hablando de asuntos humanos, sus errores e inteligencias humanas, en una época en que la inteligencia artificial era una ficción.

Una antigua compañera de estudio de grado en la universidad estatal, me llamó para encargarme de un proceso penal que cursaba, una idiotez civil penalizada, que la preocupó tanto que la hizo romper la inercia de más de seis años sin hablarnos para encargarme de su proceso.

Al llegar a Baní, un pueblo encantador con arraigadas tradiciones, de empuje y personas muy laboriosas y abnegadas, manejé directo al tribunal penal, para la época habían demasiados aparcamientos, y entonces era impensable que llegaríamos a tener carencia de los mismos. Parqueé mi vehículo dentro del mismo palacio de justicia y aún con él encendido, escuchaba a don Alvarito Arvelo en la Z-101 hacer muestra de su notable erudición y dominio extraordinario de su escenario y la comunicación, salí del vehículo sin apagarlo, y erguido frente a la puerta tomé la toga y me la vestí, permanecí ahí unos segundos atento a la clausura del análisis del hombre que revolucionó la radio nacional y al finalizar este, apagué el vehículo, retiré la llave, tomé dos códigos, cerré el vehículo y me dirigí a las salas de audiencias.

Sabía que no había condiciones para conocer mi audiencia ese día, abogado nuevo, aún así, venía cerebrando posibles estrategias en casos de eventualidades y resolviendo en mi cabeza los posibles pedimentos de las contrapartes. Al entrar, aún el tribunal no había subido a audiencia y en la puerta del mismo me encontré con Gerson González, un diestro litigante ocoeño al que había tenido oportunidad de conocer con antelación, nos saludamos deferentemente sin saber aún que seríamos abogados contrarios.

Seguí mi periplo hasta mi compañera de estudios y su antigua pareja, a quienes estos procesos penales habían hecho terminar su relación marital. Saludos afectivos y presentaciones de las personas del entorno, abogados y acompañantes, alimentación respecto de los abogados contrarios y sus representados y del meollo del proceso, a los fines de estar edificado de ello.

Al enterarme de que el buen amigo Gerson era abogado contrario, decidí volver a saludarlo aún más afectivamente, a fin de aliviar las tensiones y ponerle una carga de afectividad al litigio, y fue ahí cuando éste me pidió hacer un corto aparte para tratarme un tema. Notoriamente preocupado, con una media sonrisa dibujada en su rostro, me dijo: “Por favor, ayúdame con Salvador, tu cliente, pídele que por favor no me ponga en la lista”.

“¿La lista?”, pregunté con tono ignorante, y así era pues no sabía a qué se refería.

¿No sabes de la lista?, me respondió con suavidad, y rió, pero su risa no apagó la notoria preocupación inicial, y dijo, Salvador tuvo un inconveniente con unos antiguos amigos de él, luego de romper los vínculos comerciales, estos la emprendieron en su contra, le negaron sus derechos y con subterfugios legales y procesos amañados lo empobrecieron, el midas de los negocios de Baní, que no por ello dejó de ser el bondadoso benefactor de las causas nobles, el buen dador, devino en una situación muy precaria, cierto dia, sus amigos traicioneros, fueron a su oficina a quitarle el último aliento, lo último que conservaba materialmente, y este, dolido, entristecido y dañado, de forma aniñada solo atinó a decir: “Ustedes han abusado de mí, abusaron salvajemente de la confianza que les tuve, nada puedo hacer sino solo dejárselo a Dios”. Tomó un papel blanco y un lapicero que había encima del escritorio que le había acompañado por veintitantos años de ejercicio de la abogacía, y continuó diciendo, “Aquí pondré sus nombres e invoco a Dios diciendo, la venganza es mía dijo el señor”. Escribió los nombre de los tres hombres que habían sido sus amigos por más de diez años. Entregó el importe exigido a sabiendas de que por ello debería sacar a sus hijos del colegio que ya no podría pagar, dos lágrimas en sus ojos y un copiosos llanto para sus adentros, les vio salir victoriosos y festejando haber hecho añicos a un hombre bueno solo por la sed de dinero.

“Antes de una semana los tres hombres habían muerto de muerte natural y en diferentes episodios”, me dijo Gerson. Yo reí a carcajadas, ¿Qué dices?, inquirí mientras no paraba de reír hasta ver la seriedad en el rostro de Gerson que se mantenía con un silencio luctuoso. “Es coincidencia”, dije, y me recompuse rápidamente, debía observar la misma sobriedad que el amigo Gerson.

“No es solo el caso de ellos, otro abogado que le había estafado, que igual burló su confianza, fue puesto por Salvador en la lista, y a menos de tres días también murió”. “En total”, continuó, “Se habla de cerca de diez personas puestas en esa lista que han fallecido a distancia y de manera natural”.

Soy escéptico, lo juro, y me daba mucha pena de Gerson y sus creencias infantiles, pero igual no podía mostrar mi incredulidad ante su preocupación, y pensaba para mí, ¿Qué le habrá estado pasando a un profesional tan brillante que es capaz de creer en semejante acientífica tontería?, así que puse mi cara falsa de preocupación, le dije que intervendría sin creer una sola palabra de lo que me decía, y le aseguré que jamás él estaría en esa lista. Por dentro tenía yo una conjunción de risa y pena, mi amigo Gerson deliraba y con qué fantasiosa y descabellada idea, una lista de muerte, ¿Cómo le llamaría?, ¿la lista fatal, la lista mortal, la lista negra, la parca enlistada, la lista de Dios, la venganza divina?

Vi la fecha en el reloj, no fuese que, buen actor ademas, Gerson estuviera atendiendo a la celebración del día de los inocentes y fuera yo su presa matutina. No lo era, era 14 de mayo.

Luego del aplazamiento, fui invitado a comer y pasar revista al proceso por Salvador y mi compañera de estudios, departimos y hablamos profundamente del caso, otros amigos uasdianos hicieron presencia fugaz en el encuentro, y al final de la tarde, ya solos, recordé lo ocurrido con Gerson y abordé a Salvador preocupado por la salud mental de ese notable abogado.

Al cuestionarle, Salvador, cambió de expresión, él es un hombre de tés clara, con barba estilo islámico, de cara ovalada y delgada, ojos muy claros y expresivos, dentadura blanca y bien alineada y cabello copioso y lacio, al mirarme parecía una foto de sí mismo, casi inmóvil, contrastaba con el bullicio y los movimientos del entorno, me miró fijamente y su mirada la sentí en el estómago, como si pudiera escanear lo que yo pensaba. Y dijo en un tono de sacerdote en misa matutina de domingo, “Todo es cierto”, y me contó con más detalles lo que ya Gerson me había dicho anteriormente, “Nunca me había sentido tan herido, dijo, mis amigos, a quienes confié mi firma y tras de ella mi patrimonio, el que debía ser trasmitido a mis hijos, se lo quedaron, se burlaron de mí y mi amistad y mi cariño y me empobrecieron, sentí como que me desmayaba, una rara agonía, y tomé un papel y escribí a Dios pidiéndole que quitara de mí ese sentimiento y pasara esa copa amarga de mi, no fue odio, fue decepción, y fui escribiendo en ella uno a uno de mis detractores, y todos han muerto, a excepción de uno que está en el hospital desfalleciente, fui a verlo y me pidió perdón, y yo lo perdoné”.

“¿Es eso cierto, pregunté, tienes testigos, alguna prueba científica de la ocurrencia, que se yo, algo que pruebe esto que dices, porque parece más de cuento que de la realidad?”, Le pregunté.

Puedes ir a verlo, al que está vivo , él está en la clínica que está próximo a la parada de guaguas, habitación 214, y en la oficina tengo las actas de defunciones de los demás nueve, hay otros doce más en la lista, y no es mi interés que nadie muera, pero es que quien daña a un hijo de Dios injustamente, daña a Dios y es su designio”. Así dijo y así hice.

Fui a ver al moribundo, yo estaba alambrado por lo que oía, tenía que saber su versión y comprobar estas cosas, me sentía Santo Tomás a punto de ser vencido, y al llegar al hospital me permitieron accesar al hombre enfermo, un cincuentón muy delgado que por la forma de la piel debió ser antes muy gordo, de tés clara muy apagada y ojos oscuros, estaba acostado boca arriba y arropado hasta la parte baja del pecho mientras un abanico en el techo lanzaba un aire apacible a su enfermo cuerpo. Luego de presentaciones leves y un breve introito le pregunté por la lista de Salvador y éste confirmó cada palabra de lo dicho por Salvador y Gerson. Este murió al día siguiente.

Salí asustado del hospital, eso no ocurre, no puede ser, no es científico, y aunque soy cristiano por fe, aún el cristianismo no podría aceptar tal posibilidad.

El proceso fue ganado por nosotros sin mucha objeción de parte de los acusadores, dos de los cuales estaban en la lista y murieron a poco de terminar el proceso de muerte natural.

Hace unos días me escribió Salvador y me dijo, “recuerdas la jueza que te dije que me hizo la vida imposible, murió, con lo que la lista completó su ciclo de venganza divina”.

Aún habiendo tenido nociones desde el principio, de haber sido testigo de estos acontecimientos, de saber de antemano del dañode las acciones malévolas, que causó el enlistamiento de estos seres, me resisto en mis adentros a creer cabalmente en esta posibilidad, y a la vez, me alienta pensar que podría haber un régimen de consecuencias para los malvados que dañan por sólo dañar, por obtener beneficios en afectación y perjuicio de otros y que se han apartado de Dios para fines malsanos y diabólicos.

Salvador es un hombre bueno que no hace daño y que fue dañado, acaso ¿Dios venga a sus hijos, y hay miles de Salvadores desconocidos e impublicitados que ejercen una función celestial?

Omití en el relato los apellidos de Salvador, con la finalidad de evitar la tentación de algunos de querer solicitarle a Salvador poner en la lista a alguno que otro funcionario o político.

***El autor, Lic. Valentín Medrano Peña, es miembro del Instituto Dominicano de Derecho Penal.

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