Por Juan Alberto Olivares
Procurador Fiscal
Aristóteles la definió como disposición habitual verdadera y práctica, acompañada de razón, sobre lo que es bueno y malo para el ser humano.
La biblia, en el libro de Proverbios señala que la prudencia viene de Dios, que esta ayuda a evitar el peligro, nos enseña a controlar lo que decimos y a tomar buenas decisiones.
En Eclesiastés indica que hay un tiempo para cada cosa. Ser prudentes y pacientes para no actuar con enojo o prisa en la vida.
Evidentemente que la prudencia es más que un término, se trata de un principio de vida, una orientación a actuar de forma inteligente.
La aplicación de la ley debe encontrar un ambiente adecuado que no implique cometer otras infracciones.
La autoridad que procura aplicar una ley debe observar que el ambiente sea propicio para ello, debe tener sentido de oportunidad y pertinencia. Hacer cumplir la ley no debe ser un acto ciego y soberbio, conlleva un análisis previo a la actuación.
Cuando actuamos con prudencia estamos procurando que nuestro accionar tenga sentido de justicia.
Aristóteles dijo: «no basta con que una ley sea justa; el ser humano debe poseer la virtud de la justicia.
Es el hábito libre y consciente de actuar justamente».
Sin prudencia no podríamos ser justos. Démosle vida a la frase: «Sed justos lo primero si queréis ser felices» (Juan Pablo Duarte).















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