Por Dr. Brian López Charrón
Médico Psiquiatra
Todos conocemos a ese hombre. Llega del trabajo, saluda con la cabeza, se sienta a comer y no habla mucho. Si le preguntan cómo está, contesta «ahí, en la lucha.» Nadie piensa que le pasa algo, porque hace todo lo que se supone que un hombre haga: se levanta temprano, resuelve, mantiene su casa y no se queja. A eso, en República Dominicana, lo llamamos un hombre serio, un hombre trabajador.
Y lo admiramos, con razón: muchos de nosotros salimos adelante gracias a un padre, un tío o un abuelo que era exactamente así. Pero pocas veces nos preguntamos qué está cargando por dentro ese silencio.
Ese hombre aprendió a ser así desde niño. Primero fue «los hombres no lloran,» la frase que le cayó encima la primera vez que se le aguaron los ojos. Después fue «resuelve,» cuando algo se le complicó. Y de adulto ya no hizo falta que nadie se lo dijera: entendió que su trabajo era cumplir, proveer y seguir funcionando, pase lo que pase por dentro. Son tres frases distintas, dichas en tres momentos de una vida, pero enseñan la misma lección: la fortaleza de un hombre se mide por lo que es capaz de soportar en silencio.
Y ahí, justamente, empieza el problema. La misma estrategia que le permite funcionar es la que le impide reconocer cuándo ya no puede más.
El sufrimiento que no tiene cara de enfermedad
Lo complicado es que un hombre puede estar sufriendo sin parecer enfermo. Puede seguir yendo al trabajo, reunirse con los amigos, beberse sus tragos el fin de semana y cumplir con todas sus responsabilidades. El sufrimiento masculino no siempre tiene la cara que culturalmente le pedimos a la depresión. A veces no se ve como tristeza: se ve como irritabilidad, como aislamiento, como un hombre que trabaja sin parar, que bebe de más, que se altera por nada, o que sencillamente «no es el mismo» y nadie sabe por qué.
Esto no es una impresión de barrio; es algo que la propia psiquiatría reconoce. El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos lo dice sin rodeos: la depresión «puede verse diferente en hombres que en mujeres,» y muchos hombres, en lugar de tristeza, «pueden parecer molestos o irritables.» El malestar, cuando no sale por la boca, suele buscar otra puerta: problemas de sueño, dolores físicos sin causa clara, consumo de alcohol u otras sustancias como forma de aguantar el día, conductas de riesgo, una dedicación excesiva al trabajo que parece virtud pero muchas veces es escape. Un hombre puede pasar meses así, y ni él ni quienes lo rodean lo llaman por su nombre.
Hay una frase de ese mismo instituto que vale la pena leer despacio, porque resume el corazón del asunto: como los hombres «son menos propensos a reconocer, hablar y buscar ayuda para sus sentimientos negativos, corren mayor riesgo de que su depresión quede sin diagnosticar y sin tratar.» Es decir: el problema no es solo que sufran. Es que la forma en que aprendieron a ser hombres los deja solos precisamente en el momento en que más necesitarían no estarlo.
Un dato que obliga a hacer una pregunta seria
En 2024, en República Dominicana se registraron 651 suicidios, según la Oficina Nacional de Estadística. De cada diez personas que se quitaron la vida, más de ocho eran hombres. Dicho de otra manera, y esto es lo que de verdad estremece: los hombres dominicanos se suicidan a una tasa casi cinco veces mayor que las mujeres. La mayoría tenía entre 25 y 49 años, la edad en la que un hombre supuestamente está en su mejor momento: produciendo, sosteniendo una casa, «resolviendo.»
Conviene ser honestos con lo que ese número dice y con lo que no dice. Un dato, por sí solo, no demuestra que nuestra manera de criar hombres sea la causa. Sería irresponsable pararse sobre una estadística y sacar una conclusión tan grande. Pero ese número sí nos obliga a hacernos una pregunta que hemos evitado durante demasiado tiempo: ¿cómo están viviendo, expresando y buscando ayuda los hombres dominicanos frente al sufrimiento psicológico? Porque algo está pasando, en silencio, del lado de los hombres, y llevamos años mirando para otro lado.
La paradoja de género
Hay un detalle que, cuando uno lo entiende, no lo puede soltar. Los estudios muestran que las mujeres reportan pensamientos suicidas con más frecuencia que los hombres. Y sin embargo, son los hombres los que mueren más por suicidio. La investigación en salud mental tiene un nombre para eso: la «paradoja de género» del suicidio.
¿Cómo se explica algo tan contradictorio? Buena parte de la respuesta apunta a lo mismo de lo que venimos hablando. No es que los hombres sufran menos. Es que piden menos ayuda, hablan menos de lo que sienten y llegan más tarde, si es que llegan, a buscar apoyo. Las mismas normas que enseñamos como virtudes, como la autosuficiencia, el control y no mostrar debilidad, terminan jugando en su contra cuando las cosas se ponen oscuras. El hombre que “no molesta a nadie con sus problemas” es también el que se queda sin nadie cuando el problema lo supera.
Y hay una capa dominicana encima de todo esto. Cuando un hombre por fin se atreve a decir que no está bien, muchas veces la respuesta del entorno no ayuda: «no le des tanta mente a eso,» «ponte pa’ tu tuyo,» «date un trago y se te pasa,» «el hombre no se queja tanto.» Con cariño, pero sin querer, le confirmamos que abrirse fue un error. Pedir ayuda, entre nosotros, sigue leyéndose como cosa de débiles o de «locos,» no como algo propio de un hombre fuerte.
¿Qué significa, entonces, ser fuerte?
Aquí está, para mí, la pregunta que de verdad importa. Porque el problema quizá no sea la fortaleza en sí, sino la idea tan estrecha que tenemos de ella.
Pensemos en el estoicismo, esa filosofía que tanto se cita hoy y que casi siempre se malentiende. En la calle, «ser estoico» se volvió sinónimo de «no sentir,» de tragar en seco y poner cara de piedra. Pero eso no es lo que enseñaban los estoicos. Ellos no proponían anular la emoción; proponían no ser esclavo de ella. Y esa diferencia lo cambia todo.
La psicología moderna, sin proponérselo, terminó dándoles la razón. La investigación sobre regulación emocional distingue dos maneras muy distintas de manejar lo que sentimos. Una es reevaluar: mirar de frente lo que te está pasando, entenderlo, ponerlo en perspectiva, decidir qué haces con eso. La otra es suprimir: aguantarse lo que siente, esconder la expresión de la emoción sin tocar para nada lo que arde por dentro. Suenan parecidas. No lo son. Reevaluar baja la intensidad del malestar, calma el cuerpo y hasta mejora los vínculos con los demás. Suprimir hace lo contrario: mantiene el cuerpo en alerta, aumenta el malestar por dentro y aísla a la persona de los que la rodean.
Traducido a nuestra vida: regular una emoción y silenciarla no solo son cosas diferentes, sino que tienen efectos opuestos. Al hombre dominicano le enseñamos a suprimir y le dijimos que eso era ser fuerte. Le enseñamos la versión que enferma, y la vendimos como virtud. La disciplina emocional de verdad, la que sí protege, no consiste en negar lo que ocurre por dentro, sino en poder mirarlo sin que te tumbe. Eso también es aguante. Pero es un aguante que no te está matando en silencio.
Ampliar la definición, no romperla
Nada de esto significa demonizar a los hombres ni tirar por la borda lo que nos trajo hasta aquí. Aguantar, resolver y seguir adelante fueron, durante generaciones, herramientas de supervivencia reales. Sacaron familias del campo, sostuvieron hogares y emigraron buscando un mejor futuro. No hay que enseñarles a los hombres dominicanos a dejar de ser fuertes. Sería absurdo, y además injusto con todo lo que esa fortaleza construyó.
Lo que hace falta es más sencillo y más difícil a la vez: ampliar lo que entendemos por fortaleza. Que dentro de «ser fuerte» quepa también reconocer un límite. Que pedir ayuda deje de ser lo contrario de ser hombre y pase a ser, sencillamente, otra forma de resolver, quizá la más difícil de todas, porque es la única que no se puede hacer solo.
Tal vez el problema nunca fue que enseñáramos a nuestros hombres a aguantar. Fue que olvidamos enseñarles a reconocer cuándo ya habían aguantado suficiente.
*****Nota al lector: Si usted o alguien que conoce está atravesando una crisis emocional, hablar con un profesional de salud mental o con una persona de confianza puede marcar la diferencia. Pedir ayuda no es rendirse; muchas veces es la decisión más fuerte que un hombre puede tomar.
















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