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¿Cómo no apoyar al juez?

Valentín Medrano Peña.

Por: Valentín Medrano Peña.

Hace mucho tiempo ya, tanto que todo lo que vivimos ha cambiado drásticamente, cuando apenas teníamos aparatos telefónicos sembrados y estáticos y unos pocos mostraban unos celulares gigantescos y con la sola función de producir llamadas telefónicas, sin teclados ni mensajes de textos, y claro está, sin aplicaciones ni redes sociales, sí, no fue la prehistoria sino una historia tan reciente que más de la mitad de la población mundial la vivió.

En esa época tan lejana y tan próxima, un cantante puertorriqueño llamado Wilkin, con larga cabellera y un estilo Elvis latinizado, hizo popular una canción que se himno en las iglesias católicas de toda América Latina, el título, ‘¿Cómo no creer en Dios?’, con razones explicativas de dones y milagros que hacían lógica la fe en el creador.

“Dios es justicia”. “La justicia del hombre es falible, la de Dios es perfecta”. “El juez que haga lo que entienda, Dios hará la justicia”. “La venganza es mía, dijo el señor”, son algunas de las frases que vinculan directamente a Dios con la idea de justicia. En tanto que casi todas las religiones (Cristianismo, Islamismo, Judaísmo, Zoroastrismo, etc) plantean la existencia de un juicio final después de la vida, de igual forma que el resto de las religiones plantean una suerte de causas y efectos respecto de las conductas y sus premios o castigos. En el cristianismo se suele decir que Cristo, el hijo de Dios y Dios hecho hombre, será el abogado de los justos. De todo lo cual se infiere que Dios es abogado y que Dios es también el juez.

La afirmación última podría entenderse como una blasfemia, quizá como un atrevimiento o tal vez como una sobrevaluación de una carrera vilipendiada, incomprendida e invadida por infieles, pero que es en su puridad, las más próxima a la esencia de la justicia, al menos la que se expresa en la Biblia.

En el mundo humano, entre estos seres imperfectos, volubles, voluntariosos, falibles e incomprensibles entre sí, la justicia está a cargo de abogados, algunos de los cuales pueden juzgar a sus iguales, a estos se les llama jueces, abogados con autoridad para aplicar las leyes, para sancionar ó repartir patrimonios, para reparar daños y evitar arbitrariedades. Los jueces, siempre se ha dicho, son semidioses, tienen algo de Dios, el poder de decidir entre el bien y el mal, de limitar el libre albedrío y de aplacar la venganza.

Dios a su vez es juez, aunque su juicio no es colegiado y su sanción no exime a reyes ni jueces ni gobernantes ni poderosos ni menesterosos. Su juicio es universal, en tanto que, el humano es focalizado y específico, es particular.

La responsabilidad de juzgar se me antoja divina, no es mecánica o artesanal, no debe serlo, está llamada a ser sufrida y fatigosa. En cada decisión se aletean las alas de una mariposa que miles de años después tendrán que ver con la realidad de entonces, y es que, cada sentencia esculpe y dibuja el futuro que merecemos, puede contribuir a dañar o puede sanar el futuro y transformar el presente.

Tamaña responsabilidad la del juez, del semidiós, del hombre que juzga hombres, quiero pensar que con Dios como condimento esencial.

En nuestro país, estos seres, llamados a ser mimados por la sociedad, atesorados por los poderosos, temidos por los delincuentes, amados por las víctimas ó imputados y premiados con la vida, vida en calidad ó calidad de vida, son mal pagos, abusados, sobrecargados, desamparados, maltratados.

Desde siempre se atenta contra su independencia y se infringe su imparcialidad, se atacan sus decisiones, sobretodo las justas, y se incentivan y aplauden aquellas que se apartan del equilibrio y la justicia, y los ahogan, y en el reflejo de tan injusta realidad se encuentran sus espalderos y acicates, sus auxiliares y secretarias. Sumidos en la indiferencia y el desinterés, pintados en una era que solo ve pasar años, muchos años, sin adecuaciones salariales y sin mejoras estructurales, técnicas y de soportes.

Los jueces, y el sistema de justicia, hacen justicia en injustas condiciones, y eso no es justo. Demandan, y eso sí es justo, mejoras salariales, mejoras laborales, mejoras estructurales, mejoras existenciales, mejoras humanizantes, y han tenido que acudir a reclamos; desoídos, a instancias; irrespondidas, a sugerencias; redirigidas, a reuniones; estériles, a gritos; acallados, sin que les quede otro camino que el paro, el justo paro, el constitucional derecho que les asiste y que evitaron pero que deviene en necesario, justo y necesario.

Ante este escenario, ante estas realidades, ante esta justa necesidad, me digo y digo, evocando al boricua Wilkin, ‘¿Cómo no apoyar al juez?”, a los jueces y juezas dominicanos.

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