Por Arisleidy Luciano / Psicología Clínica-Terapeuta Familiar
Como profesional de la conducta y tras profundizar en la complejidad de las adicciones juveniles, he podido constatar que el consumo de sustancias en la adolescencia rara vez es un acto aislado de rebeldía individual. A través de mi investigación sobre la estructura familiar, he logrado identificar que la droga funciona muchas veces como un síntoma que grita lo que el sistema familiar no sabe cómo expresar. Al analizar las dinámicas internas de los hogares, queda al descubierto que el adolescente no solo lucha contra una adicción, sino que está inmerso en una red de vínculos, jerarquías y límites que, al estar desequilibrados, terminan por empujarlo o retenerlo en el mundo de las sustancias.
En mi experiencia examinando estos casos, he observado una prevalencia de familias con límites «difusos», donde la falta de claridad en las reglas y la sobreprotección se mezclan de forma contradictoria. En muchos de estos hogares, frecuentemente de carácter monoparental, la figura a cargo asume una carga de autoridad que termina siendo ambivalente debido al agotamiento o a la ausencia de un apoyo sólido.
Esta desorganización crea un ambiente donde el joven no encuentra un norte claro, sintiéndose a la vez asfixiado por la falta de privacidad y abandonado por la carencia de una estructura que le brinde seguridad y sentido de pertenencia.
Uno de los aspectos más dolorosos que he documentado es la presencia de conflictos crónicos que nunca llegan a una resolución constructiva. En lugar de diálogo, impera la agresión o el silencio, y es aquí donde surgen las coaliciones: el sistema familiar tiende a unirse contra el adolescente consumidor, convirtiéndolo en el «chivo expiatorio» de todas las desgracias del hogar. Esta exclusión emocional es devastadora, pues el joven, al sentirse el centro de todos los reproches, encuentra en la droga el único refugio donde puede anestesiar el rechazo que percibe de sus propios seres queridos.
No obstante, en medio de esta complejidad, también he identificado focos de esperanza en el subsistema de los hermanos. Aunque a veces estos pueden ser modelos negativos, en muchas ocasiones representan la única vía de comunicación genuina que el adolescente mantiene con su realidad. Este vínculo fraterno es una herramienta de sanación que a menudo ignoramos en los tratamientos convencionales. Entender que un hermano puede ser el puente para reconstruir la confianza es vital para cualquier proceso de intervención que pretenda ser exitoso y duradero.
Finalmente, investigación y la experiencia de casos que he tratado me lleva a una conclusión ineludible: para rescatar a un joven del consumo, es obligatorio sanar la arquitectura de su familia. No podemos seguir tratando al adolescente como una pieza rota que se arregla en un consultorio para luego devolverla a un motor familiar que sigue fallando. La verdadera prevención y rehabilitación social radican en fortalecer los vínculos, definir roles claros y devolverle a la familia su capacidad de ser el principal escudo protector. Solo cuando transformamos la estructura del hogar, logramos que el adolescente deje de necesitar la evasión que le ofrecen las sustancias.
***La autora es Psicología Clínica-Terapeuta Familiar

















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