Por Edwin Cuello
Procurador Fiscal
La parálisis financiera de las Naciones Unidas en 2026 no es un error de gestión, sino la manifestación de una fractura sistémica impulsada por el «Estado profundo» de las grandes potencias. Este estamento burocrático y militar permanente, especialmente en Estados Unidos con la revitalización de la «Doctrina Monroe», ha desplazado el ideal del globalismo por un realismo nacionalista que prioriza el control del hemisferio americano. Bajo esta lógica, el financiamiento de instituciones multilaterales se percibe como una pérdida de recursos que podrían destinarse a la consolidación de una fortaleza regional, marcando el fin de la era donde una sola organización dictaba las reglas del orden internacional.
Este nuevo escenario de multipolaridad se define a través de conflictos por el dominio de nodos estratégicos vitales, como son los casos de Ucrania y Taiwán. Mientras Rusia busca asegurar su profundidad estratégica en Eurasia y el control del suministro alimentario en el Mar Negro para resistir el cerco occidental, China avanza sobre Taiwán con el objetivo de romper la «Primera Cadena de Islas» y dominar la producción de semiconductores. Estos enfrentamientos no son meramente territoriales; representan la lucha por los activos que sostienen la economía global, donde el Estado profundo de cada nación busca blindar su soberanía frente a la influencia de bloques rivales.
En este contexto, la economía de libre mercado ha experimentado una metamorfosis hacia un proteccionismo selectivo o «capitalismo de Estado». La imposición de aranceles masivos y la fragmentación de las cadenas de suministro demuestran que la eficiencia económica ya no es el fin último, sino un instrumento de poder. Las potencias están dispuestas a sacrificar la fluidez comercial para proteger sus industrias críticas, resultando en un mercado mundial dividido en ecosistemas financieros incompatibles que utilizan la moneda y la deuda como herramientas de guerra geopolítica en lugar de vehículos de cooperación.
La Inteligencia Artificial (IA) se erige como la infraestructura crítica de esta nueva era, funcionando como el sistema operativo de la tecnología, la economía y el comercio. El desarrollo de la IA no solo optimiza la producción, sino que permite al Estado profundo de potencias como EE. UU
. y China gestionar la vigilancia comercial y la logística militar con una precisión sin precedentes. Quien lidere la carrera por la supremacía en IA y semiconductores avanzados tendrá la capacidad de dictar las normas del comercio internacional, convirtiendo a la tecnología en el «petróleo del siglo XXI» y en el pilar de la hegemonía digital.
En conclusión, la obsolescencia operativa de muchas instituciones que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial y su inevitable agonía existencial, marcan una era de gobernanza global del Estado profundo en sentido general, entre Estados Unidos, Rusia y China, con sus imperativos estratégicos, para preservar su cuota de poder militar, tecnológico y económico. El colapso de la ONU es el símbolo de esta transición hacia un sistema fragmentado donde el poder ya no reside en el derecho internacional, sino en la capacidad de procesar datos, controlar territorios clave y proteger el capital estratégico bajo un mando burocrático permanente.













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