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La Carrera Judicial alcanza la cima de la Suprema Corte de Justicia

Julio Cesar Araujo.

Por Julio César Araujo
Juez del Quinto Juzgado de la Instrucción de Santiago.

Para quienes conocemos la vida de los tribunales, la designación del magistrado Justiniano Montero Montero como el primer juez de carrera que presidirá la Suprema Corte de Justicia tiene un significado especial. En ella vemos reconocido un camino que exige años de estudio, decisiones difíciles y una vocación de servicio puesta a prueba cada día.

Su elección toca una aspiración compartida por muchos integrantes de la judicatura: que el trabajo honesto, disciplinado y altamente profesional realizado dentro del sistema encuentre oportunidades reales de reconocimiento y que la experiencia de juzgar sea valorada al escoger a quienes tendrán la responsabilidad de conducirlo.

La carrera judicial se construye en circunstancias que pocas veces llegan al conocimiento público. Se forma al estudiar expedientes complejos, escuchar posiciones altamente enfrentadas y asumir las consecuencias de una decisión que afectará la libertad, el patrimonio o la tranquilidad de alguien. También se sostiene en la disciplina de seguir aprendiendo, en la humildad de reconocer errores y en la entereza de resolver conforme al Derecho, aun cuando hacerlo resulte incómodo. La llegada de un juez formado en esa experiencia a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la República Dominicana ofrece un estímulo concreto a quienes cumplen sus funciones con seriedad: permite sentir que el esfuerzo cotidiano tiene un lugar en el futuro de la institución.

El magistrado Justiniano Montero Montero llega a esta responsabilidad con una trayectoria que reúne ejercicio jurisdiccional, formación académica y docencia. Esa combinación importa. Ha transitado todas las categorías judiciales: juez de paz, juez de primera instancia, miembro y presidente de Corte de Apelación, miembro y presidente de Sala dentro de la Suprema Corte de Justicia y desde el día 10 de noviembre de 2026 oficialmente como presidente del Pleno de esa Alta Corte y por consiguiente del Consejo del Poder Judicial.

Haber transitado con integridad por cada uno de esos tribunales y en su vida diaria permite ver el sistema de justicia con una cercanía que pocas personas pueden tener. Esta experiencia del magistrado Justiniano Montero Montero constituye un excelente aval para ejercer una presidencia capaz de escuchar a la comunidad jurídica, comprender las necesidades de los servidores judiciales administrativos, de los jueces de carrera y de mantener presente a la persona que acude a los tribunales en busca de una respuesta ética y oportuna.

El presidente Luis Abinader y los miembros del Consejo Nacional de la Magistratura merecen reconocimiento por una elección que coloca la experiencia de la carrera judicial en el centro de esta responsabilidad. Hay decisiones públicas cuyo valor también reside en el precedente que dejan. Esta puede contribuir a afianzar la confianza en el mérito como criterio de selección y a estimular la preparación de quienes aspiran legítimamente a servir desde posiciones de mayor responsabilidad. Su alcance será todavía más profundo si ese reconocimiento se acompaña de un respeto sostenido a la independencia de los jueces, condición indispensable para que la justicia cumpla su cometido.

Además, la escogencia de los nuevos magistrados Ylona de la Rocha Camilo, Josefina Grullón Blandino, Arelis Ricourt, Diomede Villalona Guerrero, Amauri Pimentel Fabián y Julio César Canó Alfau merece también una valoración destacada de todo el país. Sus designaciones reconocen relevantes carreras profesionales y colocan al servicio de la Suprema Corte de Justicia distintas experiencias del quehacer jurídico. Detrás de cada uno de estos nombres hay años de trabajo, conocimientos adquiridos y responsabilidades asumidas. Reconocer esas trayectorias supone apreciar lo que cada una puede aportar a la deliberación del tribunal. La calidad de una Alta Corte depende, en buena medida, de la capacidad de sus integrantes para examinar con profundidad los problemas, confrontar sus argumentos y construir decisiones sólidamente fundamentadas.

Hay también un motivo de satisfacción al ver a mujeres y hombres de reconocida trayectoria asumir juntos esta nueva etapa. Cada uno tendrá la oportunidad de honrar la confianza recibida mediante su trabajo y de aportar, desde su experiencia, a una institución que necesita tanto conocimiento jurídico como prudencia y sentido de responsabilidad. El reconocimiento que hoy reciben lleva consigo una exigencia mayor: escuchar con atención, decidir sin prejuicios y ejercer la autoridad con mesura. Las designaciones adquieren su verdadero valor con el paso del tiempo, cuando la conducta y las decisiones de quienes las reciben confirman que la confianza estuvo bien depositada.

La ciudadanía, desde luego, espera que esta renovación tenga consecuencias en su relación con la justicia. Quien lleva un conflicto ante un tribunal necesita ser atendido con dignidad, comprender las razones de lo decidido y obtener una respuesta dentro de un plazo razonable. Esas necesidades deben orientar cualquier propósito de transformación. La experiencia de los magistrados escogidos será especialmente valiosa y estará orientado a mejorar el servicio, fortalecer la coherencia de la jurisprudencia y atender las dificultades que afectan el funcionamiento de los tribunales. Allí encontrará esta nueva etapa su prueba más importante: en lo que consiga mejorar para las personas.

Los jueces de carrera, los integrantes de la carrera administrativa judicial, la comunidad jurídica, la sociedad civil, los gremios empresariales y profesionales de país; al igual que el Consejo Nacional de la Magistratura han emitido un voto unánime para respaldar la designación del magistrado Justiniano Montero Montero y de los demás honorables magistrados con satisfacción y esperanza.

Como juez de carrera, reconozco el valor que tiene para un juez saber que su trayectoria ética, profesional y laboriosa puede ser reconocida y comprendo la responsabilidad que acompaña ese reconocimiento. Hay múltiples razones para celebrar una decisión que honra la carrera judicial y aprecia relevantes recorridos profesionales en esta unánime e histórica decisión.

Cuando dentro de algunos años volvamos la mirada hacia esta elección, estoy convencido que podremos reconocer en ella el comienzo de una etapa que devolvió confianza y produjo mejoras palpables en la justicia dominicana. Ese es el horizonte que hace trascendente este momento y que debe orientar el trabajo que comienza. La designación del magistrado Justiniano Montero Montero y de los demás magistrados abre una oportunidad para acercarnos a esa justicia que todos necesitamos: una mejor justicia, pero para todos.

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